La soberanía digital ya no se decide únicamente en los laboratorios de algoritmos, sino en la confluencia entre donaciones, arrendamientos y potencia eléctrica. The Verge ha publicado la cronología de un acuerdo que sitúa a SoftBank, a la administración Trump y a Portsmouth, Ohio, en el centro de esa nueva geografía del poder. El conglomerado japonés, a través de su filial SB Energy, donó una suma millonaria a la biblioteca presidencial de Trump en enero. Dos meses después, en marzo, la administración Trump anunció el arrendamiento de terreno del Departamento de Energía para levantar lo que SoftBank ya anuncia como el mayor centro de datos de inteligencia artificial del mundo, junto a una central eléctrica de gas de al menos 9,2 gigavatios. La senadora Elizabeth Warren lo ha expresado con una crudeza inusual, preguntándose si se supone que debemos creer que es una coincidencia.
La cronología que incomoda a Washington
Los hechos, confirmados por la propia empresa y no por filtraciones anónimas, son tozudos. SoftBank contribuyó con una donación millonaria a la biblioteca presidencial de Trump en enero. En marzo llegó el anuncio del arrendamiento de suelo federal. SB Energy formará una asociación público-privada para construir el centro de datos y la central eléctrica de gas de al menos 9,2 gigavatios.
Esa secuencia la ha confirmado la propia empresa en respuesta a una carta firmada en junio por Warren, el senador Richard Blumenthal (D-CT) y la representante Melanie Stansbury (D-NM). El calendario, por tanto, es oficial: donación en enero, arrendamiento en marzo. Ningún periodista de investigación lo ha destapado; lo ha puesto negro sobre blanco la propia compañía al responder a los legisladores.
Los legisladores añaden un matiz que sitúa el caso en una tradición preocupante: SoftBank ya había contribuido anteriormente a las bibliotecas presidenciales de Ronald Reagan y George W. Bush. La diferencia es que nunca antes una donación de este tipo había precedido tan directamente a un contrato de infraestructura crítica de esta escala.
El peaje hacia el suelo federal
Lo relevante no es solo la sospecha de quid pro quo —que Warren verbaliza sin ambages—, sino la normalización de un modelo de negocio. En la economía de la inteligencia artificial, el suelo federal se ha convertido en un recurso estratégico de primer orden. Y las bibliotecas presidenciales, en un canal discreto de financiación política.
La declaración de Warren es elocuente: señala que, una y otra vez, parece que Trump antepone los acuerdos de apretón de manos con los CEOs a lo que es mejor para los estadounidenses. La senadora no habla solo de un caso: habla de un patrón. Y el patrón tiene consecuencias directas sobre quién controla la infraestructura que sostendrá la próxima década de cómputo.
El centro de datos de Portsmouth no es un edificio más. Se asienta sobre terreno del Departamento de Energía, un hecho que adquiere especial relevancia en un contexto donde, como ha documentado The Verge, las protestas ciudadanas contra estas instalaciones crecen en Florida y otros estados. En ese escenario, la disponibilidad de suelo federal se convierte en una ventaja competitiva difícil de exagerar.
La escala del poder
La cifra merece una pausa. La potencia que se instalará en Portsmouth, Ohio, es de 9,2 gigavatios de generación de gas, según el anuncio de SoftBank. Es, por sí sola, una magnitud que define el proyecto y lo convierte en un asunto de interés estratégico, no solo comercial.
Esto trasciende la política doméstica estadounidense. Es una decisión de soberanía digital: quién controla la red eléctrica, quién decide qué se computa y dónde, quién captura el valor de esa infraestructura. Que la decisión se adopte bajo la sombra de una donación millonaria a la biblioteca del presidente cuya administración firmó el arrendamiento no es un detalle menor: es el contexto que define el acuerdo.
La geopolítica de la soberanía digital
Warren y sus colegas han abierto una vía de investigación. Pero la pregunta de fondo es estructural. En un mercado donde los laboratorios chinos como DeepSeek anuncian subidas de precios por la demanda global de sus modelos de bajo coste, la carrera por la infraestructura de cómputo es la carrera por el futuro. Y esa carrera se está decidiendo en despachos, donaciones y arrendamientos, no en laboratorios.
Lo que el caso SoftBank revela es que la soberanía digital ya no se juega solo en los chips, ni en la propiedad de los algoritmos, ni en la regulación de los datos. Se juega en la confluencia entre el poder ejecutivo, la financiación encubierta de campañas a través de bibliotecas presidenciales y el control de la red eléctrica. Esa confluencia es el nuevo terreno de juego.
Desde una perspectiva global, el mensaje es inquietante. Si la mayor infraestructura de inteligencia artificial del mundo se adjudica bajo estas circunstancias, ¿qué está ocurriendo en acuerdos menores, menos visibles, en otros países? La opacidad no es un accidente: es una característica del sistema. La respuesta no puede ser solo judicial —aunque la investigación de Warren es necesaria—, sino estructural: transparencia obligatoria en las donaciones a fundaciones presidenciales, auditorías independientes de los acuerdos de arrendamiento de suelo federal y un debate público sobre si la infraestructura crítica de inteligencia artificial debe tratarse como un activo soberano, no como una concesión a la mejor oferta.
El futuro del cómputo se está escribiendo ahora, en Portsmouth, Ohio, y en las bibliotecas presidenciales de Washington. La pregunta es si la ciudadanía —estadounidense y global— aceptará que ese futuro se decida entre apretones de manos y donaciones millonarias, o si exigirá que las decisiones sobre la infraestructura que sostendrá la inteligencia artificial del siglo XXI se tomen con transparencia. La diferencia es que esta vez el coste de la opacidad no será solo político: será energético, tecnológico y, en última instancia, civilizatorio.